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Manos

El sol se anuncia en la ventana como un visitante desprevenido, inconcluso. Ismael entra por la puerta con la tristeza habitándole las manos. El magnetista mira una sombra gris cerrar la puerta y anunciar con sus pasos una tristeza. 

- Hace mucho que no lo veía, Ismael, reclamó el magnetista.
- Estuve lejos. Seguí su consejo de viajar por el mundo. Caí en una isla y me enamoré de una nativa.
- Una nativa, acentuó el magnetista, intuyendo lo peor.
- Sí y ahora ella habita mis manos, dijo Ismael.
- Explíqueme qué significa eso, lo animó el magnetista.
- Miro mis manos y puedo ver en ellas reflejos tenues de su cuerpo desnudo, pequeños destellos de su voz confundida entre gemidos y lunas. Miro mis manos y sé que descartan el mar, condenadas como están a la memoria permanente de su piel, salen a navegar por papeles y libros, toman agua y sirven café. Cruzan la calle. Desobedecen. Hacen de todo, menos cruzar el mar. Por las mañanas desayunan y conversan amenas en el lenguaje claro que tienen las manos cuando se despiertan. Hoy por ejemplo, las vi tan divertidas y animadas que les pregunté si algún día volvería a ser el de antes. Y hubo silencio. Me adentré en ellas como se adentra una gitana en las líneas de la vida para preguntar por el destino de que ella no esté. Y hubo otro silencio en el mar de su ausencia.

El magnetista se levantó lentamente de su sillón negro, cogió las manos de Ismael y fijó la vista hacia el centro de sus palmas abiertas y pudo ver nítidamente la imagen de la mujer recostada en un silencio. Besando el tiempo. Besando el mar.


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