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Tu rayo me dura

Ella salta de relato en relato con la sonrisa en la tarde. Tiene una mirada sensual que borra con el codo lo que escribe con la piel. Y tiene un dedo mágico. Sí, con su dedo traza una línea imaginaria en el suelo y dibuja un meridiano. Luego, da un salto divertido tras la línea y traza fronteras para explorar mundos nuevos. Y viaja. Y vive. Visita universos y luego los relata en sueños. Sus relatos son los sueños. Es una exploradora de atardeceres y mares, se deja llevar por las tormentas de la literatura y naufraga en párrafos mercantes, puertos de arena, islas laberinto y noches de luna…

El magnetista sabe que ese tipo de creaturas son minotauras que anidan desde hace mucho tiempo en su laberinto de hombre extraviado, y hacen que se pierda entre sueños y cantos, entre verbos y cuerpos. Son minotauras que habitan y vagan por la luz de sus sueños. Son figuras de polvo que danzan, cantan, desean, gimen y besan, figuras blancas resbalando despacio por la bruma de soñar. Y cuando la bruma se disipa, deja paso a una voz lejana que se va haciendo cercana….

- ¡Joven!, ¿pidió más café?, indaga el mozo del bar interrumpiendo el letargo del hombre que escribe.
- ¡Ah! Sí, disculpe, déjelo ahí por favor, dice el magnetista mientras sigue escribiendo… una voz lejana que se va haciendo cercana y besa con su música el ocaso de un sueño.
- Tu rayo me dura, dice el mozo que lee lo escrito sobre los hombros del magnetista. El magnetista lo mira asombrado. Y luego de unos segundos…
- Está bien, lo pongo de título, responde el magnetista conciliador con la sonrisa del mozo que, satisfecho, sigue repartiendo café por todo el salón. 




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