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Heterogonías

Selene llegó a la consulta del magnetista más temprano de lo previsto y entró sin avisar. El magnetista estaba recostado en el diván y escuchaba a Chopin, sin advirtir su presencia. Entonces Selene pudo mirarlo extenso, con su pantalón negro, su polera negra de cuello alto que iluminaba de una manera extraña el rostro cetrino de ese hombre joven, quizás bello, concentrado en la música, en el aire de la música. No pudo no fijarse en sus manos, extensiones suaves de la melodía que sus dedos tocaban en teclas imaginarias sobre su pecho y que seguían exactamente el ritmo de la música como si de verdad tocara un piano y fuese el responsable de esas notas que todo lo inundaban. Selene quiso llorar. Era tan cálida la luz, tan amable la música, tan puro el aire, tan hermoso ese hombre recostado, ensimismado intérprete de una música y una paz que todo lo abarcaba, que sintió una enorme felicidad contenida. Quizás porque ahí parada como estaba la asaltó un recuerdo. El descomunal amor que sentía tía Colette por Chopin, la complicidad infinita de Selene con su tía, la única que supo sobre aquel amor prohibido en el granero de los Chatel, con su primo parisino tan rubio y tan tosco pero hermoso por donde se lo viera. Y ella tan blanca, con su pelo rojizo, sus ojos verdes y ese contraste de las pecas que eran las notas decisivas de su rostro casi infantil. Sus senos crecidos y su pubis una flor recién nacida. La boca tersa manchada de fresas, robándole un beso al amor en una siesta infinitamente olvidada, y mientras su primo la penetraba, torpe y fugaz, ella sentía su cuerpo navegar en el cuerpo de la música, en la música de Chopin magistralmente interpretado por tía Colette que venía desde la casa hasta el granero para estallar en notas dentro de su piel exhausta gracias a un placer desconocido. La tristeza por la inocencia perdida. Su vida entera de mujer. 

- No sólo usted llora, también lo hace la memoria y quizás la música, dijo el magnetista mientras sonreía cálido y se incorporaba del diván para mirarla por primera vez a los ojos.
- Estoy conmovida, dijo Selene saliendo de su conmoción.
- Lo sé, lo sé…la paz conmueve al silencio

Selene que arrastra otoños entre sus dedos pudo, por primera vez en años, volver al pasado esquivando al dolor. El dolor es un animal al acecho dispuesto siempre a despedazar nuestra piel indefensa. Sólo cuando cruzaba la Rue des Halles advirtió que el magnetista la enfrentó a propósito con la música y su pasado. Y salió ilesa y sonrió y el mar la vio sonreír.


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