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Isla secreta

La luz de la luna se desploma sobre el mar como una mujer se desploma en una noche de amantes: liviana y blanca. Luna y mar parecen labrados por la misma luz. Entonces me decido y me desnudo. Y me lanzo a la tercera ola contando desde ahora. Y me sumerjo en el mar que está iluminado por la luna blanca. Nado en esa nada que es la inmensidad del mar en la noche oscura. 

Me adentro en la noche del mar nadando desnudo y hay como un perfume que me incita a continuar alejándome de la costa con sus luces artificiales y sus voces lejanas. Súbitamente distingo por debajo del agua un cuerpo nadar y luego emerger, iluminado por la luna. Y eres tú, con una sonrisa en los labios, el rostro empapado de luz. Yo me quedo absolutamente quieto, con el corazón en la boca del susto. Y te das cuenta de mi estado y te ríes con ganas y te disculpas por la intromisión en mi noche de mar. Y vamos hacia tu bote y en veinte largas brazadas de remo llegamos a una isla secreta. 

Es una isla que se recorre en veinte pasos. Playas blancas. Una isla desierta con una puerta en el centro. Abres la puerta y entramos. Y entonces aflora una vegetación inmensa, suave, de todos los colores, exótica. Y entre la vegetación un camino, quiero decir, muchos caminos. Caminos flanqueados por hilos de los que cuelgan papeles, palabras, a modo de textos pequeños secándose al sol, atados a los hilos con pequeños broches, como si fueran fotos a punto de revelarse. Yo miro alucinado el lugar, tu lugar secreto, lleno de vida, palabras y sensaciones. Sonríes satisfecha. Ven, me dices y me arrastras de la mano por uno de esos pasillos de palabras en mitad de tu selva. Y son sensuales, tibias, y mientras caminamos por ese pasillo las palabras lamen mis sentidos, tocan mi nuca, me abrazan, se arremolinan en mi piel, de las hojas colgando se escuchan respiraciones agitadas, gemidos, gritos retenidos de placer… Y por último llegamos a un descanso, que abre hacia nuevos pasillos… Y entonces miras sin disimulo mi sexo despierto y luego me miras a los ojos y sonríes con malicia…

- Lo has hecho a propósito ¿no?, te pregunto, lo digo lleno de vergüenza por la reacción instintiva de mi cuerpo.
- Claro que sí tonto, y largas una risa encantadora.

Ven, me arrastras de nuevo hacia el pasillo de las risas, y todo ríe, hay chistes, risas contagiosas, y sensaciones livianas que salen del estómago. ¡Es tan placentero reír! Luego llegamos a otro descanso, y hay un pasillo que me llama, y trato de entrar pero tu mano se aferra a mi muñeca, y dices: no entres, es el pasillo de las lágrimas y el dolor. Hoy no quiero que entres allí. En cambio me invitas a cenar sensaciones. Nos vamos a un lugar de tu isla que parece un bar. Preparas unos tragos y traes palabras que alimentan, poesías que sacian, textos que inundan, alimentos del alma que nos dejan satisfechos. Conversamos. Caminamos de la mano por la playa de tu isla secreta. Hasta que nos vamos internando en el mar y nadamos profundo, azul, y nos perdemos en esa oscuridad silenciosa del adiós que no dice adiós…

Hay una luz intensa que me despierta y estoy en mi apartamento, al lado del mar, saliendo de un sueño azul. Tengo en mi mano un puñado de arena de tu isla blanca y cristalina.


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