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Anden

Hora pico. Un pañuelo violeta destaca en el mar de gente que es el vagón del metro. Berenguer sólo distingue el perfil de la mujer que en cada vaivén se acerca un poco más. Puede oler su perfume. Ella lo mira secretamente y baja cuando las puertas se abren de par en par. Berenguer no duda, la sigue. El pañuelo violeta se pierde entre la gente, navega por el andén y gira a la izquierda. Berenguer agita su paso. El pañuelo baja por unas escaleras y se pierde en un recoveco del espacio. Berenguer corre, baja las escaleras que conducen hacia otro pasillo. El pañuelo violeta camina despacio y gira a la derecha, Berenguer se apresura. Súbitamente todo desemboca en un andén que espera. La gente es un puño de verdades en silencio. El tren llega y abre sus bocas. Escupe cuerpos, devora cuerpos. El andén queda por un instante vacío y Berenguer ve al pañuelo violeta caminar hacia el final del andén, y bajar por unas escaleras hacia las vías y la oscuridad. Berenguer sigue el camino del pañuelo violeta. Cuando la oscuridad lo es todo, dos manos hábiles le bajan la cremallera y buscan ansiosamente su premio. Una boca tibia entibia su sexo, y lame contornos, lame vacíos. La oscuridad es una boca que devora sus deseos.
Muriel se despierta exaltada. Se incorpora en la cama. Su marido ronca desnudo. Pero entre las sombras distingue la sombra del magnetista. Salta de la cama y prende la luz para descubrir al intruso violando su intimidad. 

- ¿Qué hace usted aquí?, grita Muriel desde el túnel de su voz.
- Nada. La veo dormir, sólo la veo dormir, responde Berenguer, cansado de amar.



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