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Otoño

El otoño bebe de los árboles y los va secando, bebe vida, bebe savia, discute con el sol. Selene camina amarrilla hacia el consultorio del magnetista. Su paso deja ecos de su cuerpo en la tarde anaranjada. 

- Quiero meter mi cabeza en mi útero y nacerme, dijo Selene mirando el vacío en un cuadro de Klimt.

El magnetista la recorría con sus manos para detectar los flujos de energía que se acumulaban en su vientre y en su sexo. Mal diagnóstico. 

- Quiere ser su propia madre, afirmó el magnetista.
- No, quiero ser mi propia hija, respondió Selene solitaria, soleada, solsticio de su propio cuerpo. 

Entonces el magnetista giró violentamente sus manos, como aventando espíritus secos en ese cuerpo húmedo y soleado. Selene abrió las piernas y gritó como su estuviera pariendo. El dolor hizo que casi se sentara en el diván de plata que sostenía su cuerpo recostado. Gritó y sollozó cuando vio entre las manos del magnetista un poema, un poema de su cuerpo hablando de su alma azul. El magnetista la abrazó cálidamente y Selene se quedó con ese abrazo como un reposo en el camino. Parir un poema en otoño, habitarse a sí misma. 

Selene se va. Camina por la calle, arrastra un eco lejano de su voz e impregna con su piel los colores de esta tarde.



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