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Metro

Muriel abrió la puerta y asomó la cabeza pidiendo permiso. Llegaba veinte minutos tarde a la cita con el magnetista. 

- Perdón por el retraso. Tuve una demora en el metro, dijo Muriel mientras se sentaba tímidamente en el diván. El magnetista hizo un gesto con la mano restándole importancia al retraso. Se quedaron cinco minutos en silencio.
- Cuénteme del espejo, dijo por fin el magnetista quebrando el mutismo de Muriel. Ella lo miró asombrada.
- Anoche soñé que me miraba al espejo y un río se reflejaba a mis espaldas y mi rostro flotaba por ese río, dijo Muriel abrumada por el conocimiento que de ella tenía el magnetista.
- Qué más, insistió el magnetista.
- En mi sueño me tiro al río y voy nadando tras mi rostro que flota por el agua y no logro alcanzarlo. Muriel dudó y, finalmente, mientras limpiaba con el dedo una mancha blanca acuosa en su zapato negro, atinó a decir, nado pero no alcanzo a mi rostro y eso me angustia terriblemente y me despierto, y en ese momento tengo unas ganas irrefrenables de masturbarme mientras mi marido duerme. Él no sabe de mis sueños.
- Bien, dijo el magnetista satisfecho.
- Pero ayer fue diferente aunque no quiero hablar de eso ahora, dijo Muriel cortante.
- Perfecto. Es suficiente por hoy, otro día hablaremos de eso que ahora es diferente, concedió el magnetista mientras hacía unos pases energéticos con sus manos tibias sobre la frente de Muriel antes de partir. 

Ya de espaldas y antes de que su cuerpo pasara la línea del consultorio Muriel escuchó la voz suave del magnetista decirle: la próxima vez que masturbe a un desconocido en el metro tenga la precaución de llegar puntual y evite mancharse los zapatos.



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