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El futuro

En la noche de mi sueño, he descubierto un espejo que refleja mi triste transparencia, dijo Ismael con su boca hindú y sus manos largas y finas de informático. Miraba el suelo como buscando rastros, respuestas esparcidas en el camino de la noche aún sin caminar. 

El magnetista cerró los ojos y vio los tonos oscuros de su alma. Y descubrió tres dolores: el amor traicionado, el amor abandonado y el amor por llegar. 

- ¿Por qué le tiene miedo al futuro?, indagó el magnetista mientras jugaba con un lápiz a punto de caer desde sus manos hacia el silencio estrepitoso del suelo. 

- Porque todo lo que tengo lo pierdo, y no será diferente mañana, respondió Ismael mirándose una mano, quizás las líneas de la vida. 

Entonces el magnetista se incorporó. Puso una mano en la frente de Ismael y la otra en la nuca. Deje su mente en blanco, solicitó lo imposible. Ismael cerró los ojos y se vio en imágenes corriendo desnudo por la playa, sintiendo la brisa abrazar su piel y el agua besar sus pasos. Sintió una súbita e irremediable felicidad, cuando una mujer de ojos verdes y tez cetrina tocó la puerta de su apartamento y luego lo besó en la comisura de los labios, y lo miró fijo a los ojos ¿Comida china o comida italiana?, preguntó con una sonrisa... 

Ismael abrió los ojos aterrado por la frescura de esa imagen. Se llama Uriel, dijo el magnetista, en un mañana que usted no espera lo invitará a cenar. Y cuando elija, elija comida italiana

Ismael se fue con una esperanza riendo en su corazón. El magnetista se quedó solo, se sirvió un poco de café y recogió el lápiz tirado en el suelo, sabía con toda certeza que Uriel no vendría jamás, porque el futuro se inventa no se adivina.


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